Educar el oído, fundamental para manejarse en otro idioma

Cuando pensamos en aprender un idioma, nos vienen a la cabeza el vocabulario, la gramática, la pronunciación y la sintaxis. Nos concentramos en estos aspectos de la lengua pensando que, si logramos dominarlo, podremos enfrentarnos a cualquier situación que requiera el uso de otro idioma. Sin embargo, cuando realmente llega el momento de interactuar con otra persona, nos encontramos con un obstáculo con el que no habíamos contado: ¡no entendemos nada de lo que nos dice!

En el entorno profesional, esta falta de entendimiento es especialmente delicada. Las conversaciones, negociaciones y reuniones empresariales en otros idiomas, cada vez más frecuentes en el contexto actual, pueden ser un fracaso estrepitoso si solo comprendemos “a medias” lo que se está tratando. Corremos el peligro de perder clientes, ofender a nuestros socios, llegar a acuerdos con los que no estamos conformes o, incluso, perder una oportunidad de negocio única.

Es por eso que educar el oído es una formación fundamental a la hora de aprender idiomas. Si no entendemos a un hablante de una lengua extranjera que conocemos, no es porque no tenemos los conocimientos adecuados, sino porque no los hemos adquirido como debíamos. Y, en este sentido, la práctica es la clave.

Si hay algo que caracteriza a las lenguas es su diversidad sonora. En el mundo, existen casi 600 sonidos consonánticos y unos 200 vocálicos. Cuando somos pequeños, aprendemos a identificar aquellos elementos sonoros que concuerdan con nuestra lengua materna. Es decir, comenzamos a codificar, a registrar los sonidos y a reconocerlos como fonemas, las unidades sonoras más pequeñas con las que creamos  las palabras.

Al mismo que tiempo que aprendemos esto, tendemos a “rechazar” los sonidos que no se ajusten a la estructura lingüística de nuestro propio idioma. Como no concuerda con los fonemas que conocemos, los “desechamos”, y dejamos de reconocerlos, de registrarlos, de escucharlos. Se trata, sin embargo, de los sonidos que precisamente crean palabras en otras lenguas.

Es por eso que, cuando nos habla un extranjero en otro idioma, nos cuesta tanto entenderle. Nuestro oído no está acostumbrado a registrar esos sonidos como palabras y, por lo tanto, casi nos parecen ruidos extraños, que nada tienen que ver con la lengua que hemos aprendido y que pensábamos que dominábamos.

Pero por suerte este no es un problema que no tenga solución. Podemos volver a educar a nuestro oído, acostumbrarle y enseñarle a reconocer de nuevo esos sonidos. Por eso, cualquier proceso de aprendizaje tiene que centrarse en “liberarnos” o “liberar a nuestro oído” de sus esquemas interiorizados. Para ello, es fundamental practicar, escuchar hablar y escucharnos a nosotros mismo hablar otro idioma.

Poco a poco, y gracias a la práctica continuada, empezaremos a romper nuestras propias estructuras lingüísticas y, de repente, no nos costará tanto reconocer cuando un compañero de trabajo nos pregunta por un importante documento que le hemos enviado.

Con una formación que pone el énfasis en la práctica de situaciones reales, como la que ofrecemos en Kleinson, este proceso es aún más rápido y ágil, ya que se centra en el tipo conversaciones e interacciones típicas del entorno al que nos vamos a enfrentar.

El oído se encargará de afinarse él solo y conseguiremos superar esas dificultades que tanto nos incomodan.

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