Talento para hablar idiomas, ¿mito o realidad?

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Todos se lo hemos escuchado decir a alguien alguna vez, “tengo mucha facilidad para aprender idiomas”. Se trata de esas personas que, casi sin esfuerzo, son capaces de hablar una nueva lengua por muy difícil que esta sea. Y, normalmente, lo achacamos al “talento”, a una especie de “don especial” con el que han nacido y que les facilita mucho más que a todos los demás aprender un nuevo vocabulario, una gramática distinta y hasta una nueva pronunciación.

Pero, ¿cuánto de eso hay cierto? ¿existe realmente este talento innato para aprender idiomas? ¿hay algún gen que nos haga ser más o menos propensos al multilingüismo? Cientos de investigaciones han intentado averiguarlo de muy diversas formas.

Existen, por ejemplo, varios estudios neurolingüísticos que han intentado encontrar en el cerebro humano este tipo de diferencias. Por un lado, se ha demostrado que aprender otros idiomas altera la materia gris del cerebro (el área cerebral encargada de procesar la información), por lo que este tipo de investigaciones científicas se han centrado en descubrir si hay cerebros que, de forma innata, tengan mayor “plasticidad cerebral”. Es decir, han intentado averiguar si ese “talento” es producto de tener sencillamente un cerebro más flexible.

Sin embargo, estas investigaciones no han logrado dar con ello. Si bien es cierto que los cerebros bilingües muestran más plasticidad, esta característica no es anterior al aprendizaje de un segundo idioma, sino consecuencia de él. Nadie nace con un cerebro más flexible, pero sí que puede “ganar elasticidad” si quiere.

En el ámbito sociolingüístico también se han tratado de averiguar si existe este “don especial” en algunas personas. Para ello, se han estudiado las capacidades de diferentes grupos de niños de diferentes ámbitos culturales y socioeconómicos. El objetivo era saber si las diferencias a la hora de aprender un idioma de los pequeños podían substraerse de las circunstancias en las que habían nacido. Es decir, los sociolingüistas quisieron averiguar si había más diferencias entre niños de diferentes entornos o entre niños del mismo entorno.

Los estudios volvieron a apuntar hacia la misma conclusión: si hay diferencias en el aprendizaje de idiomas entre unos y otros, es debido a cuestiones socioculturales, familiares y educativas, pero no a las capacidades supuestamente innatas. Por ejemplo, los niños con padres bilingües mostraron un aprendizaje más rápido, pero esto era debido, sobre todo, a que los pequeños ya habían escuchado, desde muy temprana edad, hablar en otros idiomas.

A todos nos gustaría pensar que existe un don para hablar muchos idiomas. Esto querría decir, por un lado, que si resulta que lo tenemos, no nos costará en absoluto hablar la lengua que se nos antoje. Y si no contamos con este talento, siempre podemos usarlo como excusa para no esforzarnos como debiéramos para lograr dominarlo.

Sin embargo, sí que hay un don que nos puede ayudar: la motivación. Es una de las conclusiones a las que llegó la lingüista Katrien Mondt cuando se preguntó acerca de este tema. Los resultados de sus investigaciones fueron claros: “no es la capacidad, si no la actitud, la que facilita el aprendizaje de idiomas en todas las edades”.

Es decir, que debemos quererlo, necesitarlo, estar dispuestos a formarnos bien y practicarlo con constancia. Sin esta actitud, mal que nos pese, no hay talento que valga.

Así que la pregunta en realidad debería ser, ¿y tu? ¿Quieres de verdad aprender a hablar otro idioma?

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